El medioambiente como enemigo

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Judith Santano Merchán

Temperaturas impropias de esta o aquella época. Lluvias torrenciales. Inundaciones. Vientos huracanados. Inclemencias del tiempo. En este último año, parece que nos ha quedado claro que estas amenazas del clima tienen un origen muy concreto (la mano del ser humano) y, probablemente, se podrían haber evitado o, en su defecto, atemperado.

En 2016, en Buenos Aires, Susan George, filósofa y analista política, dijo lo siguiente: “Estoy aquí para introducir y definir lo que yo veo como un nuevo fenómeno en la historia de la humanidad. Yo lo llamo Geocidio. Geocidio es la acción colectiva de una sola especie entre millones de especies que están cambiando el planeta Tierra hasta el punto de hacerlo irreconocible e inadecuado para la vida. Esta especie comete geocidio contra todos los componentes de la naturaleza ya sean microorganismos, plantas, animales, o incluso frente a ellos mismos, la humanidad”.

¿Qué tiene de verdad está definición? ¿Hasta qué punto hemos participado en este geocidio contra nosotros mismos? No puede ser tan grave, ¿o sí?

Let them eat pollution

Lawrence Summer, a comienzos de la década de los 90, puso sobre papel lo que muchos economistas ortodoxos apoyaban, el traslado de las “industrias sucias” a países del “Tercer Mundo” o lo que es lo mismo, la externalización de la contaminación. Summer daba a entender que para facilitar que los países occidentales tuvieran un entorno más limpio otros deberían comerse la contaminación. En resumen, que unas vidas valen más que otras.

Las conclusiones de Summer carecían de cualquier tipo de consideración relativa a los derechos humanos o de justicia medioambiental. La atrocidad e injusticia de esta propuesta, si bien fue criticada, fue llevada a la práctica e incluso bien acogida por países como India, que vieron una oportunidad de crecimiento económico y empleo. Así, la costa de Gujarat (y también en Bangladesh o Pakistán) se convirtió en cementerio de barcos, listos para su desguace y “reciclado”. Por supuesto, bajo débiles o inexistentes normas de seguridad y salud, exponiendo a los trabajadores directamente a sustancias altamente tóxicas. El impacto sobre el medioambiente del “beaching”- pues los barcos son desguazados en playas- como podrán imaginar, ha sido demoledor, acabando con otras fuentes de ingresos como la pesca tradicional, promoviendo atentados a la dignidad humana y violando, entre otros, los derechos de la infancia.

Un mar de polímeros

¿Cuántas veces nos han dicho que una bolsa de plástico tarda cientos de años en degradarse? ¿Y cómo es que a sabiendas de eso se haya permitido que la industria alimenticia -no es la única- haya hecho un uso intensivo de los plásticos?

Hace algunos meses, un vídeo grabado por un buceador británico se hacía viral, pues mostraba cómo la vida marina en el turístico y paradisiaco Bali ha dado paso a un ejército flotante de plásticos. Indonesia es el segundo país, después de China, en residuos plásticos marinos. La explosión de población ha resultado en un uso intensivo de plásticos que, paradójicamente, reemplazaron a envases biodegradables como las hojas de plátano. Todo ello añadido a una falta de regulación, voluntad política y conciencia sobre el reciclaje y el tratamiento de residuos.

Organizaciones locales como Greeneration Foundation, Divers Clean Action o Trash Hero desarrollan programas de educación ambiental con personas de distintas edades, y promueven el acercamiento de comunidades para la limpieza y reducción de desechos.

Por su parte, las autoridades indonesias están promoviendo iniciativas como las “ecoaldeas” en las que las familias pueden recibir una cantidad de dinero a cambio de la entrega de plásticos. Existen otras iniciativas individuales como la del médico Yusuf Nugraha, en la Villa de Sukasari, que acepta plásticos como pago, consciente de las desigualdades sociales y de la falta de servicios básicos para las personas con menos recursos. La cuestión es si con todo ello no se sigue alentando la recogida de residuos plásticos en estercoleros –los ya conocidos como “carroñeros”– exponiendo a las familias pobres a múltiples enfermedades e infecciones.

Cuando la naturaleza se convierte en tu enemiga

La amenaza de la subida del nivel del mar es ya un hecho para algunas zonas de Bangladesh, Maldivas y pequeñas islas del Pacífico (como Kirivati o Tuvalu). En Bangladesh, la inundación de antiguas zonas cultivables con agua salina ha provocado que un importante flujo de personas migre hacia la capital, Dacca. Los que se han quedado, aquellas personas que no podían costearse el traslado, intentan sobrevivir con el cultivo de gambas. La sobrepoblación de la capital y las continuas inundaciones que ya le afectan tendrán nuevamente como resultado la migración de miles de bangladeshíes. ¿Hacia dónde?

Del exceso de agua a la falta de ella. Hasta hace pocas décadas el lago Chad era una gran masa de agua dulce a la que tenían acceso cuatro países: Chad, Níger, Nigeria y Camerún. A la fecha, debido al cambio climático que ha provocado que las lluvias del monzón sean prácticamente inexistentes, el lago se ha visto reducido en un 90% y países como Níger o Nigeria han dejado de tener acceso a este recurso. Las comunidades de pescadores de esos países, históricamente vinculadas a la vida del lago, se han visto obligadas a migrar a zonas como Blaguiri, en Chad, buscando aguas con pesca.

Merece la pena detenernos en este punto y mencionar la situación crítica por la cual atraviesa la región del lago Chad. A la amenaza provocada por el cambio climático, malas condiciones sanitarias, malnutrición infantil y epidemias se ha unido “el látigo” de Boko Haram. Todo ello ha provocado movimientos de personas hacia todas partes tratando de huir de la violencia indiscriminada. Este es un factor interesante a tener en cuenta, pues los recursos naturales (la lucha por su control) están desempeñando un rol clave a la hora de activar o prologar conflictos armados.

La lucha por la justicia medioambiental

Hace ya una década, Palau lideró el grupo de Pequeños Estados Insulares y en Desarrollo del Pacífico (PSIDS) para hacer del cambio climático una cuestión de derecho internacional. En 2009, una resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas reconocía que el cambio climático suponía “una amenaza para la seguridad”. En la COP23, los PSIDS volvieron a recordar la amenaza del cambio climático sobre su supervivencia. Lo que estos líderes y lideresas están defendiendo es el reconocimiento de que todas las personas tienen derecho a los beneficios del medioambiente del planeta e instaban a los países a actuar, de una vez, firmes contra el geocidio.

Según el PNUD, la justicia medioambiental es un tema emergente en el ámbito del “Desarrollo” que contribuye a luchar contra la discriminación, la eliminación de la pobreza y reducir desigualdades. Pero más allá de definiciones, la justicia ambiental es el reconocimiento de que todas las personas, como sujetos de derechos humanos y civiles, tienen derecho a vivir en un entorno medioambiental seguro y a participar en los procesos de mejora de la calidad del medio.

Y en esa lucha por el reconocimiento de derechos humanos y medioambientales hay buenas noticias. Gracias al trabajo de incidencia de activistas por la justicia ambiental, hace dos años el Tribunal Penal Internacional extendía el ámbito de actuación a delitos del Estatuto de Roma (genocidio, crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra) agravados por la destrucción del medio ambiente, la explotación ilegal de los recursos naturales y la desposesión ilegal de tierras. Además, a comienzos de este año, la Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoció “el derecho a un ambiente sano como fundamental para la existencia humana, así como el impacto del cambio climático en los derechos humanos”.

Alguna vez pensamos que el mundo era ilimitado, que vivíamos en compartimentos estancos y que nuestras acciones geocidas, quizá, no tendrían un impacto en las antípodas del planeta. Hemos visto que no es así. Nos crearon necesidades y tendencias que explotamos de manera intensiva, degradando de forma remota, afectando a las vidas y el desarrollo de millones de personas. Estas personas, no son cualquiera, una vez más la carga cae sobre los colectivos más afectados por la desigualdad social. Y estos, a su vez, con vistas a sobrevivir, puede que hayan contribuido a continuar con el geocidio del planeta.

Sin embargo, cada vez somos más los que queremos cambiar el curso de nuestra historia y apostar por la justicia medioambiental, los derechos humanos y el desarrollo sostenible de todos los seres humanos que habitan la Tierra. Una búsqueda para volver a la relación cordial con la naturaleza, a la que hemos convertido en enemiga a base de constantes intentos de querer cargárnosla.

Para saber más:
National Geographic. Desguazadores de Barcos. http://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/desguazadores-de-barcos_8200/2

BBC Mundo. La gigantesca masa de plástico que bloquea el curso de un río en Indonesia y contra la que lucha el ejército: https://www.bbc.com/mundo/noticias-43845658

Collectif Argos. Documentales Interactivos sobre cambio y refugiados climáticos: http://www.collectifargos.com/en/interactive-documentary-blogs


Judith Santano Merchán es licenciada en periodismo. Máster en Relaciones Internacionales, realizando una tesis sobre “La seguridad energética como factor condicionante de las relaciones internacionales. Diplomacia Energética: el caso chino”.


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1 Comentario

  1. Vengo de atravesar Europa de norte a sur. No digo que los países nórdicos sean lo mejor, pero su gente sí sabe que las calles deben estar limpias. Nosotros, el sur, aún estamos lejos de eso. Y cuanto más al sur vayamos, África, más lejos del cuidado medioambiental estamos. Ejemplos hay de buenas acciones, pero falta mucho poder adquisitivo personal para que en los países del sur la conciencia medioambiental sea una preocupación diaria. Ya lo siento, pero ni las poblaciones de África, ni América del Sur, ni Asia están cerca de cuidar el medioambiente. Y no entro en la política de los países, que eso ya es hipocresía, y en algunos casos hasta “postureo”.

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