Muerte en el Mediterráneo

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Imagen: ONG Proactiva Open Arms | Captura de vídeo

maria-del-carmen-alemany-panadero-colaboradora-el-diariosolidarioMaría del Carmen Alemany Panadero: Trabajadora social y periodista. Con experiencia en medios de comunicación y en el trabajo directo con personas en situación de desventaja social, aporta una mirada crítica a la situación de los colectivos con los que ha trabajado y da voz a las personas más vulnerables.


En verano, la organización Proactiva Open Arms rescató en el Mediterráneo a una mujer aún con vida, aferrada a dos personas fallecidas, una de ellas un niño. Habían sido abandonados a su suerte por la Guarda Costera libia, tras destruir la barcaza en la que viajaban.

Según cifras obtenidas de las bases de datos del proyecto Missing Migrants de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), en 2018 han muerto 1.490 personas hasta julio. Desde 2014 la suma es de 10.385 personas fallecidas. El 85% de esas muertes tienen lugar en el Mediterráneo central, entre Libia e Italia.

En los últimos años, estamos asistiendo a una deriva fascista en Europa. El miedo a lo diferente, la diferenciación entre “nosotros” y “los otros”, la deshumanización de otros seres humanos, el racismo no siempre declarado pero presente, están poniendo en cuestión los valores que dice defender Europa en su Carta de Derechos Fundamentales: los Derechos Humanos, la dignidad humana, el derecho a la vida, la no discriminación por raza, sexo o religión, la solidaridad, la ubicación de la persona en el centro de su actuación, el derecho de asilo, la protección en caso de devolución de extranjeros, los derechos del menor. La Carta subraya que el disfrute de esos derechos origina responsabilidades a la Unión frente a la comunidad humana. Muchos de esos valores están quedando en entredicho.

Muchos Estados europeos están adoptando posiciones que no se veían desde la Segunda Guerra Mundial. El aumento de las tendencias políticas xenófobas e incluso de corte fascista ha crecido con la crisis económica, que ha derivado en crisis social y en crisis de valores. El pesimismo, las dificultades económicas, el desempleo, la incertidumbre, han provocado un giro populista y de tintes xenófobos en el discurso de muchos partidos políticos en Europa. El apoyo a estas formaciones proviene en muchos casos de aquellos que están compitiendo por unos recursos escasos o que se encuentran en una situación de privación económica (Eatwell, 2003). Otros autores afirman que también lo apoyan aquellos ciudadanos que temen caer en esa situación de pobreza. En Gran Bretaña la xenofobia fue determinante en la votación del Brexit. En Francia, la ultraderecha de Marine Le Pen aumenta su fuerza electoral, al igual que Geert Wilders en Holanda, Alternativa para Alemania, el Partido de la Libertad en Austria, la ultraderecha húngara de Viktor Orban, el partido Ley y Justicia de Polonia, o Amanecer Dorado en Grecia. La extrema derecha se encuentra presente en 18 parlamentos estatales de la UE.

Especial mención merece el caso del ministro del Interior italiano Matteo Salvini. Es conocido por sus proclamas racistas, tales como el término “carne humana” para referirse a las personas migrantes, por frases como “los gitanos italianos por desgracia hay que quedárselos”, así como por la denegación de la entrada de embarcaciones humanitarias en puertos italianos (aunque cueste la vida a cientos de personas), y por la defensa de la deportación de extranjeros. Ha defendido abiertamente la dictadura de Benito Mussolini. En su campaña electoral, la Liga llamó a defender “la raza blanca”, hablando de “invasión”. En declaraciones a los medios de comunicación durante su campaña electoral, Salvini afirma lo siguiente: “Estamos amenazados, está en riesgo nuestra cultura, sociedad, tradiciones, modo de vivir. Hay en curso una invasión. Existe un peligro muy real: siglos de historia que corren el riesgo de desaparecer”.

El holandés Rob Riemen, autor de El eterno retorno del fascismo, advierte en su libro Para combatir esta era: “Los seres humanos somos tan irracionales como racionales, y el fascismo es el cultivo político de nuestros peores sentimientos irracionales: el resentimiento, el odio, la xenofobia, el deseo de poder y el miedo».

Este autor plantea la necesidad de aceptar el problema, darnos cuenta de que hemos perdido el espíritu democrático, asumir nuestra responsabilidad para recuperarlo, no solo como países, sino asumiendo la responsabilidad cada uno de nosotros como ciudadanos. También subraya la necesidad de educar a los niños y jóvenes en principios y valores morales, no solo en aspectos académicos o técnicos.

Manuel Jose Martínez Perdomo (2010) señala que muchos movimientos de la extrema derecha actual se definen como una fuerza de oposición ante las posiciones tradicionales de derecha e izquierda, identificándose como un partido más allá del espectro político tradicional. Este autor subraya que la nueva extrema derecha no pretende instaurar una dictadura carismática como los regímenes fascistas clásicos, sino que su objetivo es la conquista de espacios de legitimidad política dentro del sistema democrático. El peligro se encuentra en que el sistema acepte y adopte sus propuestas discriminatorias. Estos partidos respetan los procedimientos formales de la democracia pero rompen con el ideal democrático de igualdad entre los seres humanos. Azuzan el miedo a que los migrantes absorban para sí los recursos sociales y puestos de trabajo, generando temor en la población local.

La OIM insiste en la necesidad de frenar esta tragedia. Más allá de proporcionar datos, esta organización lucha contra la deshumanización y las frías estadísticas. Comparten las experiencias personales de muchos migrantes y mantienen un blog en Medium para dar a conocer la situación de estas personas. En este blog denuncian que muchas veces la historia de estas personas se queda en un número, en una fría cifra, muchas personas desaparecen en el mar quedando como una mera estadística. Por eso recuperan sus historias. La historia de Mawda, una niña kurda de dos años que murió por disparos de la policía belga a un vehículo por miedo a que entraran inmigrantes. La historia de Hadiza, la joven nigeriana que logró sobrevivir a una red de trata de personas que trató de venderla como prostituta (y ahora no recomienda a nadie confiar en las mafias y se dedica a concienciar a otros migrantes sobre los riesgos). O la historia de Sammy, refugiado sirio gay, que huyó a Estambul y se enamoró de un joven turco con el que convive en un refugio.

Las muertes en el Mediterráneo siguen sucediéndose, ante la indiferencia de Europa. Porque el discurso del miedo ha calado, porque son diferentes, negros, musulmanes y pobres. La única vacuna contra la barbarie es la humanización de estas personas, reconocer la humanidad que hay tras las cifras y regresar a los valores que Europa hizo suyos tras la Segunda Guerra Mundial. Volver a la Declaración Universal de los Derechos Humanos como algo sagrado e innegociable. La vida y la dignidad de las personas como valor universal.


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